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martes, 18 de septiembre de 2012

La procrastinación o el hábito de postergar


¿Dejas para luego contestar esas numerosas llamadas perdidas? ¿Esperas hasta el último momento para comprar los regalos de navidad? ¿Mañana empezarás el informe que tienes pendiente hace días? ¿Postergas la visita al dentista? ¿Se te acumulan correos electrónicos que contestar o llamadas de teléfono por hacer? ¿Dejas para otra semana visitar a tu familia? ¿Se te acumulan los papeles y las tareas pendientes? ¿Aún no has empezado ese trabajo que te encargaron hace semanas? ¿No has hecho la copia de seguridad de  tu ordenador desde hace meses? ¿Vas a esperar para lavar el coche cuando pase el verano? ¿Te ha caducado ese bono que compraste por internet? Puede que tengas un plazo para presentar una documentación, para hacer una gestión administrativa, para realizar una presentación, o para entregar un  informe. Ya lo harás. Empezarás mañana, o pasado mañana, o la semana que viene.
La procrastinación es la tendencia a dejar sistemáticamente las cosas para mañana. Es el modo más complicado de hacer algo, saltar de una idea a otra, consiste en la dificultad de controlar determinados impulsos y la dificultad de afrontar la realidad presente, confiando en que mañana tengamos ganas; es supeditar el debo al quiero. Esto tiene que ver con lo que se denomina en psicología el “sesgo del presente”, que implica que muchas veces somos incapaces de entender  que lo que queremos a medio o  largo plazo no es  lo mismo que lo que queremos en este momento. El sesgo del presente explica, por ejemplo, porqué compramos lechugas, tomates y otros vegetales que luego olvidamos consumir.

El término se aplica comúnmente al sentido de ansiedad generado ante una tarea pendiente de concluir. El acto que se pospone puede ser percibido como abrumador, desafiante, inquietante, peligroso, difícil, tedioso o aburrido, es decir, estresante, por lo cual se autojustifica posponerlo a un futuro sine die idealizado, en que lo importante es supeditado a lo urgente.

La procrastinación, o la tendencia a postergar sistemáticamente, no se soluciona únicamente con una agenda o una aplicación de organización de tareas o anotando en el calendario las cosas por hacer. No es sólo un problema de administración defectuosa del tiempo. El problema es que las personas con el hábito de la postergación no saben realmente lo que quieren, tienen temor de afrontar las cuestiones rutinarias u obligaciones laborales o personales.

La mejor forma de evitar la procrastinación, estima David McRaney, es convivir con las demoras. “Es necesario comprender que hay un usted que lee este texto y que es el mismo usted en algún lugar en el futuro que será influenciado por diferentes deseos e ideas, un usted en otras condiciones, utilizando otros conjuntos de funciones cerebrales para aprehender la realidad.” Se debe ser capaz de discernir los costos de las retribuciones cada vez que se esté obligado a elegir.

Pensar en el pensamiento, esa es la clave. Convencerse de que en muchos casos primero es la acción y luego la motivación. No esperar a tener ganas, simplemente hacerlo, la satisfacción vendrá después. No hacer lo que tienes que hacer resulta al final más costoso que hacerlo. Cambia tu diálogo interno. Cambia el “tengo que” por el “voy a”. Deja de analizar y hazlo, es mucho más sencillo, y el coste-beneficio personal mucho más gratificante

 

Laura Fátima Asensi Pérez
Psicóloga Jurídico-Forense
Especialista en Psicología Clínica

jueves, 13 de septiembre de 2012

"Cambie su modo de pensar y cambiará su modo de actuar"

 
Entrevista en La Vanguardia a Nicholas Tarrier, enseña terapia cognitivo-conductual en la Universidad de Manchester
 
Nuestros pensamientos afectan a nuestras emociones y, con ellas, a nuestra conducta. Así que, si modificamos nuestros hábitos de pensamiento, también corregiremos nuestros problemas emocionales y de comportamiento.

 
 
Higiene mental: no es nuevo.
Porque funciona. La terapia conductista está consolidada tanto para una pequeña obsesión como para una grave esquizofrenia.

 Resúmala en una frase.
Las cosas no son como son, sino como las percibimos. Por eso, si logramos cambiar el modo en que pensamos y sentimos lo que nos pasa, también mejoraremos el modo en que reaccionamos y actuamos. Y cuando usted mejore su comportamiento, también mejorará el que tienen los demás con usted.

 Por ejemplo.
El miedo ha salvado a nuestra especie. Sin miedo la humanidad no existiría. Pero también hay muchas personas que no pueden controlarlo y sufren ansiedad y angustia.

 ¿Puede ser más concreto?
El miedo a un accidente salva vidas cada día, pero ese mismo miedo, cuando degenera en un trastorno obsesivo compulsivo, hace que el conductor obsesionado revise veinte veces los frenos o el cinturón.

¿Le ha pasado a usted algo parecido?
Tuve un ataque de ansiedad bajo el agua cuando buceaba. Creí que no podía respirar. Intenté frenar el pánico recordando lo que llevo media vida aconsejando: “Corrige tu conducta con el pensamiento”. Y me dije a mí mismo: “Nicholas, el equipo funciona, así que, si te tranquilizas, podrás respirar”.

¿Funcionó?
No, cada vez tenía más ganas de huir: salir a la superficie y respirar, pero eso hubiera precipitado la descompresión con fatales consecuencias. Me concentré en pensar hasta que encontré la idea que me desbloqueó: “¡Ya estás respirando, porque si no respiraras, estarías muerto! O sea, que relájate y respira”. Entonces funcionó. Lógica inmediata.

El pensamiento corrigió la conducta.
Cito el caso porque ejemplifica el gran error habitual de seguir conductas de huida que perpetúan y agrandan los problemas, aunque la gente crea que la ponen a salvo.

¿Los conflictos de la vida cotidiana deben plantearse o rehuirse?
No corra, no huya, pero tampoco plante cara agresivamente. Analice su problema a fondo y negocie una solución. Pero, sobre todo, antes de actuar, anticipe siempre las consecuencias de cada paso que da. Y no lo dé si no sabe hacia dónde le va a llevar.

 ¿En qué sentido?
Antes de actuar plantéese qué quiere conseguir y cómo conseguirlo. Ese planteamiento ya es en sí un primer éxito, porque si uno mismo no se permite enfadarse, ya ha empezado a encontrar una solución: ha controlado su agresividad.

 Pero soltarse también es un desahogo.
Siempre es el reflejo de una impotencia; además, piense siempre: “¿Adónde me lleva?”.

 Si no hago daño a nadie, chillar alivia.
En vez de abandonarse a la espiral de las reacciones, vuelva a los fundamentos y relajará su tensión. Si el conflicto estalla, por ejemplo, en su oficina, piense que su objetivo allí es tener un entorno agradable y una relación racional con sus compañeros.

 Sentido común, pero no fácil de lograr.
Pues antes de hacer nada, recupere el control sobre usted mismo: respire. Ya ve, se trata de volver de nuevo a lo básico en vez de huir hacia el descontrol. Cuando controle la emoción, ya podrá volver a usar su sistema 2: el raciocinio. Ya no será un animal.

 ¿Y si se me va la pinza y no controlo?
Abandone el escenario donde ha perdido el control de sus emociones y vuelva sólo cuando lo haya recuperado. Trate entonces de racionalizar la situación y explicarla.

 Supongo que usted se enfrenta a diario a problemas peores.
A mis pacientes esquizofrénicos que oyen voces les doy siempre el mismo consejo: “No huyas de ellas, ni las ignores: afróntalas y razona con ellas”. De nuevo, recuerde que cuando trata de huir de un problema, suele empeorarlo. La huida aumenta el riesgo.

 Es el primer recurso del débil.
Trato también muchos casos de shock postraumático. Es muy habitual que un paciente sufra flashbacks (recuerdos recurrentes) del momento de un accidente de automóvil. Esos recuerdos degradan su vida.

 Es cuestión de sobreponerse.
De higiene mental: el pensamiento lleva a la emoción y la emoción a la conducta. No huya del pensamiento: ¡afróntelo! Razone.

 ¿Cómo?
La señora víctima del accidente también trataba de evitar recordarlo: huía. Pero la técnica adecuada es la contraria: evocarlo con toda nitidez y cuantas más veces, mejor.

 ¡Qué mal trago! ¿Para qué repetirlo?
Cuando ella trataba de evitar el recuerdo, no podía conducir o iba ridículamente lenta porque temía recordarlo de repente y paralizarse y tener otro accidente, pero cuando conseguí que buscara ese recuerdo, al principio fue peor, sufrió una angustia enorme.

 Comprensible.
Pero, poco a poco, a fuerza de enfrentarse a su miedo y evocar el choque una y otra vez, en su mente el trauma pasó de ser presente a convertirse en ya pasado. Y así lo superó.

Se trabajó su problema.
Es una sencilla técnica que todos podemos ejercitar para poner nuestro cerebro a trabajar para nuestro bienestar.

 


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